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No apartar la mirada de Palestina

La actual escalada regional en Oriente Próximo no ha “reemplazado” a Palestina: ha agravado su situación. Mientras la atención política, mediática y diplomática se dispersa entre nuevos frentes, Gaza sigue atrapada en una catástrofe humanitaria de dimensiones inmensurables y Cisjordania vive una intensificación acelerada de la violencia, el desplazamiento forzado y la fragmentación territorial. El problema no es que el foco “se mueva”, sino que la regionalización de la guerra está creando las condiciones para profundizar políticas de castigo colectivo, anexión de facto y expulsión progresiva de la población palestina.


En Gaza, la devastación continúa, aunque deje de ocupar titulares. Desde el alto el fuego de octubre de 2025, los ataques han continuado y al menos 673 personas han sido asesinadas. A finales de marzo, OCHA (Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas) estimaba que al menos 1,7 millones de personas seguían sobreviviendo en unos 1.600 refugios, muchos de ellos dañados por las lluvias, sin agua suficiente, con servicios de saneamiento gravemente deteriorados y condiciones de hacinamiento extremas. Pero la crisis no se explica solo por la magnitud de la destrucción: también por el cerco impuesto a la respuesta humanitaria. Desde finales de febrero, el cierre de cruces fronterizos vino acompañado de la suspensión o limitación de la entrada de ayuda, de la coordinación de movimientos humanitarios, de las evacuaciones médicas y de la rotación de personal. A ello se añaden las restricciones a materiales clasificados como de “doble uso” y las nuevas medidas contra ONG internacionales, que están reduciendo su capacidad para introducir personal, suministros y equipamiento esencial. No se trata de dificultades logísticas neutras: se está estrechando deliberadamente el espacio humanitario en el momento en que más falta hace.


En Cisjordania ocupada, incluida Jerusalén Este, el desplazamiento ya está en niveles récord. OCHA documentó 1.697 personas palestinas desplazadas solo en los tres primeros meses de 2026 por violencia de colonos y restricciones de acceso; a 6 de abril, la cifra ya superaba las 1.800. Desde el inicio de la escalada regional, se registraron más de 150 ataques de colonos en unas 90 comunidades, a un ritmo de más de seis al día. No estamos ante incidentes aislados, sino ante una coerción sistemática que combina agresiones, amenazas, bloqueo del acceso a la tierra, destrucción de infraestructuras, cierres, demoliciones y expulsión progresiva, golpeando con especial dureza a comunidades beduinas y ganaderas del Valle del Jordán y del Área C.

Jerusalén Este también está en el centro de esta ofensiva. Varias familias palestinas han sido expulsadas forzosamente para facilitar la apropiación de sus viviendas por parte de colonos. Al mismo tiempo, en el norte de Cisjordania, las operaciones militares y las restricciones de movimiento han alimentado lo que OCHA describe ya como la mayor y más prolongada crisis de desplazamiento en Cisjordania desde 1967. A esta realidad se suman nuevas medidas estructurales: el avance del registro de tierras en el Área C como propiedad estatal y la aprobación de una ley que amplía la aplicación de la pena de muerte contra la población palestina.

Todo esto sucede, además, en un contexto de creciente fatiga política internacional. No porque la crisis haya perdido gravedad, sino porque se está normalizando. Hay grandes donantes retirándose de la región y otros recortando financiación, mientras las necesidades en Palestina siguen siendo masivas. El riesgo no es solo presupuestario, es político. Cuando disminuye la presión internacional, se afianza la impunidad; cuando se reduce la financiación, se debilita la capacidad de sostener la vida; y cuando se acepta que la atención “debe desplazarse” a otros escenarios, se contribuye a convertir el asedio de Gaza, el desplazamiento, las expulsiones y la violencia en Cisjordania y Jerusalén Este en una nueva normalidad. Palestina no necesita menos atención porque haya una crisis regional más amplia: necesita más. Retirar ahora el foco no sería neutral: sería permitir que la ocupación siga avanzando mientras la devastación se normaliza. ●

 

Imagen: de UNRWA 2026

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