Sin pistas, sin planos
Es cierto que la historia no se detiene, pero de tanto en tanto se apresura; es cierto que, por más que al futuro le caracterice la impredecibilidad, en muchos presentes ya pasados nos arrogamos -en esta parte del mundo- la convicción de manejar las claves con las que pertrecharnos, nos distendimos con la impresión de estar preparados para lo venidero, pero de repente un golpe, una sucesión de ellos, nos descabalga vertiginosamente de cualquier certeza, nos expone vulnerables ante lo inaudito, nos impone comunicarnos en un lenguaje anteayer ignoto. El Derecho Internacional, vulneración a vulneración, se resquebraja; el entramado institucional global yace en la vitrina de reliquias de la historia.
La ruptura de esta apariencia de predictibilidad parte de la voluntad del gobierno de los EEUU. A priori las medidas tomadas -aranceles, acciones invasivas fuera de sus fronteras, alianzas aparentemente disonantes, amenazas a (presuntos) aliados…- se pudieron considerar como una serie de dislates, extravagancias, pequeñas tempestades previas a una nueva calma. Error. Cada movimiento de la presidencia estadounidense pretende desconcertar al resto de los Estados, generar caos en el espacio relacional, arrogarse una pátina de jugador de ventaja, de dueño de la baraja. Destrozada cualquier seguridad, aniquilada la confianza, forzado el sobresalto, el resto se siente impelido a jugar una partida de la que desconoce las reglas, a asumir la derrota por bloqueo.
Con este modelo de diplomacia de la coerción, los desajustes y contradicciones han suscitado unas dudas con capacidad para agrietar una Unión Europea que adolece de anquilosis por seguidismo continuado. Parece que empieza a salir del marasmo que le llevaba a confundir la realidad del desprecio continuado con la fantasía de una especie de vínculo eterno.
De la misma forma, con este modelo de diplomacia del desprecio se genera un runrún que desdeña por vaporosos y pusilánimes los actuales modelos democráticos, que reviste de eufemismos la añoranza de cesarismos. Al fin y al cabo, Rusia, China y, en otra medida, las satrapías del Golfo Pérsico, se han erigido en protagonistas de modelos ‘triunfales’. En una Europa descentrada y desconcertada, estos discursos enraízan. Al fin y al cabo, el apogeo de Trump responde a un estado de malestar generalizado. Una sensación reproducible a este lado del Atlántico.
Con este modelo de diplomacia testosterónica, el militarismo -gasto, discurso, mentalidad, estética, estructura, política- que de por sí aconseja desatinos y justifica tropelías, ocupa mayor espacio. El mercado del miedo siempre antecede al de la carne humana. No conviene olvidar que en Ucrania se mantiene la guerra, que en Gaza continúa cerrada cualquier salida dotada de dignidad. Por otra parte, la tan deseada desaparición de la OTAN puede ocurrir de la forma menos esperada, por medio de una implosión improbable solo unos meses atrás. Ni Julio Verne hubiera podido escribir un relato dotando de tal protagonismo a todo lo que esconde el hielo groenlandés.
La forma de hacer del modelo Trump corresponde más al de un vendedor que al de un político. Un hecho que, quizá en pequeñas dosis, podría convertir la capacidad de negociar en virtud; inoculado en vena, deshace cualquier posibilidad de equilibrio. En realidad, se impone una paradoja: la del liberal intervencionista.
En los últimos meses, habremos escuchado cientos de veces eso de que ‘no corren buenos tiempos’. Seguro que lo hemos interiorizado argumentando la razón del aserto. Resulta ardua la tarea de refutarlo. Reflexión que amenaza parálisis, que alimenta la inacción. Y que yerra. La Historia no llega sin más, tenemos potestad para influir en la génesis de lo porvenir. Una facultad que solo alcanza su potencial cuando se nutre desde la organización social, cuando enraíza con la fertilidad de lo comunitario, cuando los lamentos individuales se transforman en empeño compartido. Sin dicho encuentro estructurado, solo queda ruido, furia y rabia. Los objetivos son enumerados, pero se muestran inasibles; se desean, pero no se alcanzan. Y sin objetivos solo cabe rumiar vanas nostalgias apostados en un punto intermedio entre el ‘pudo ser’ que arranca una agridulce sonrisilla y el ‘es imposible’ que desmorona.
Corresponde pues abordar las circunstancias que nos han correspondido en este tiempo que -como pretendía Mafalda que declarase su padre- es el nuestro; abordarlas con valor, humildad, generosidad, sagacidad y determinación. Sin miedo a pensar sobre bases diferentes, porque diferente es el escenario. La historia no está escrita, callar supondría aceptar que nos la dicten. ●
