Espectadora excluyente
En esta época desasosegada en la que cualquier estructura, ya sea supranacional o internacional, de un -ya podemos escribir sin paliativos- caduco orden; en un tiempo en el que la selvática ley del más fuerte se impone en el escenario global hasta el punto de que mostramos cautela incluso ante los acuerdos recién firmados; la Unión Europea se diluye en la inanidad, se convierte en un espectador apenas molesto para los protagonistas del nuevo reparto del orbe. Una insignificancia de puertas afuera que confluye con un retraimiento interior de derechos y garantías ya consolidados. Al fin y al cabo, ambos pareceres definen las dos caras de la misma moneda: esta ‘Europa’ ni tiene fuerza en el contexto internacional para defender esos valores que sus dirigentes se empeñan en definir como consustanciales a la propia existencia de la Unión, ni en su interior soporta la presión de los movimientos empeñados en culpar a las personas emigrantes de la deriva decadente de un continente empeñado en mirarse como si fuera el ombligo del mundo.
En medio de la vorágine planetaria, desde el pasado 12 de junio se aplican las medidas del Pacto Europeo sobre Migración y Asilo. El propio Ministerio del Interior español apuntaba en su web que “con un enfoque garantista y respetuoso con los derechos de los migrantes y solicitantes de protección internacional”, levantando, por si había dudas, las sospechas de los riesgos que este acuerdo conlleva. Consuela de alguna forma esa pretensión que debería implicar un aval de transparencia y una garantía de los medios materiales y personales suficientes para impedir la vulneración de los derechos humanos de estas personas. Consuela, ma non troppo, ante las perspectivas que se abren tanto en nuestro país como en el resto de los de la Unión. Después de todo, el Pacto apuntala unas propuestas más restrictivas, se realimentará con medidas como el Reglamento de Retorno, articula los mecanismos legales que permitirán externalizar a terceros países la gestión de las solicitudes de asilo -la medida que propuso ejecutar en Albania el gobierno italiano y que fue frenada por tribunales de ambos países, amén del Tribunal de Justicia de la Unión Europea-.
Resulta obvio que entre los diferentes Estados del territorio Schengen se han producido a este respecto multitud de tensiones. Que resulta deseable un acuerdo que armonice procedimientos y considere las políticas de emigración desde una perspectiva conjunta. Pero tal necesidad no puede convertirse en la excusa para limitar derechos, bien dificultando las entradas, bien por medio de expulsiones. Es más, no es descartable que este Pacto posibilite en un futuro no lejano, si nos atenemos al avance electoral de posiciones políticas de carácter nacionalista, una competición de los diferentes estados por endurecer motu proprio las condiciones de las personas migrantes, las que hubieron de abandonar sus tierras originarias: las perdedoras de la expansión globalista, las que -si no se remedia- serán derrotados por el repliegue nacionalista.
Unas medidas que serán aplaudidas por segmentos de una población medrosa -lo que hemos dado en llamar ‘enfrentamientos del penúltimo contra el último’- desconocedora de una enseñanza de la historia, aquella que Martin Niemöller ahormó con precisión en muy pocas palabras, las de ‘primero vinieron a por los tales, pero yo no era de los tales…’: quienes alcanzan el poder a lomos del caballo de la exclusión no se detendrán excluyendo a los siguientes últimos en cuanto las circunstancias se lo requieran.
La democracia, de la que tanto nos gusta alardear, no puede constreñirse a un conglomerado de formas y una serie de liturgias de respeto institucional. Exige defender a quien más lo necesita. Aunque solo sea por el egoísmo provocado al pensar que en cualquier momento podemos formar parte del eslabón más débil.
Una sociedad democrática, además, renquea si no alza la vista allende sus fronteras. Si, en este caso, más allá de cerciorarse de la incorporación de más personas a la propia sociedad, no se pregunta por las causas que han originado los movimientos migratorios -movimientos, por otra parte intrínsecos al desarrollo de la historia de la humanidad: varias generaciones de niños y niñas, entre quienes habrá algunos que exijan ahora expulsar a las personas procedentes de Sudamérica, asistieron con desasosiego a las aventuras de Marco, en su recorrido inverso, eran otros tiempos, de los Apeninos a los Andes-. El fenómeno de la emigración es hijo del imperialismo, que desnudó sociedades lejanes para aprovechar sus recursos, y de la exigencia de crecimiento ilimitado del capitalismo. No es más que la consecuencia de nuestro bienestar pasado y la necesidad de que la máquina no se detenga en el presente. Cabe pensar que, si en sus sociedades de origen les cupiese la posibilidad de resolver sus vidas con los pertinentes patrones de dignidad, muchas de esas personas no se habrían encontrado en la tesitura de abandonarlas. Ahí, en ese punto, también cobra sentido el trabajo de colectivos, como nuestra ACPP, cuya labor, ínfima en proporción a la requerida, también se encuentra en entredicho, en riesgo de ser sepultada por los criterios restrictivos, alicortos, menesterosos, que desde las nuevas fuentes de decisión de los últimos gobiernos formados en comunidades autónomas se están imponiendo. Aunque solo sea por el egoísmo. ●
Imagen: Dibujo de Jacobo Gavira cedido a ACPP para la campaña pro Refugiados de 2017
